Hace 87 años, fallecía Hipólito Yrigoyen, el primer Presidente elegido por el voto popular.

El interés por lo público y la lucha por la defensa de los intereses de los más necesitados, fueron sus premisas.

En 1912 la ley Saenz Peña le dio al pueblo argentino la posibilidad de elegir a sus representantes con todas las garantías democráticas. Estas condiciones políticas y el liderazgo que mantenía sobre las grandes mayorías lo llevaron al amplio triunfo de 1916 y a convertirse en el primer presidente elegido por el pueblo en la historia del país.

Aún con tanta oposición dio pasos importantes en la creación de la pequeña industria, planificó la conexión ferroviaria con el Pacificó como una manera moderna de integrar a los pueblos sudamericanos, incrementó como nunca en nuestra historia los alumnos en la educación primaria e incentivó la distribución de la tierra a colonos y no a grandes terratenientes.

Otorgó además, la jubilación de empleados ferroviarios y de personal de empresas particulares y sancionó la ley de emergencia de alquileres, mientras mantuvo una neutralidad militante en la primera guerra mundial. Aunque tal vez lo más perdurable sea su lucha por aumentar la producción energética del país y en ese camino creo su obra fundacional: la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF).

Dejó un país mucho mejor del que encontró cuando entregó el mando en 1922 a Marcelo T de Alvear y hubiese sido mejor aún, si lo dejaban terminar su segundo mandato.

El espíritu y las ideas de don Hipólito se han mantenido mucho más allá de su muerte. Presidentes como Arturo Ilia, que derogó los contratos petroleros y sancionó la ley de medicamentos o el padre de la democracia moderna Raúl Alfonsín han sido sin dudas presidentes de clara raigambre yrigoyenista.

Sus banderas éticas, populares y transformadoras siguen latiendo en cada uno de nosotros, que trabajamos humildemente para ayudar a construir el país que Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen soñaron.