CONVENCIÓN UCR: lección radical - hay partido para rato [Nota de Opinión de Andrés Malamud]

[17-3-15] Con su particular ingenio, Perón describió a los peronistas como gatos: parece que se pelean pero se están reproduciendo. En estas páginas, el genial Sendra agregó que los radicales son como los perros: parece que se mueven pero se están rascando. El sábado pasado, sin embargo, los radicales se movieron. Y la picazón atacó a los de afuera.

Después de 2001, muchos pensaron que los partidos habían desaparecido. Algunos politólogos inauguraron la política después de los partidos, afirmando que los liderazgos de popularidad habían substituido a las organizaciones con base territorial. Quizás tenían razón, como el reloj parado que da la hora correcta dos veces por día. Ya no la tienen.

La convención nacional de la UCR fue muy cortejada desde afuera. Mauricio Macri apelaba a los convencionales cordobeses, Hermes Binner a los santafesinos y Sergio Massa a los jujeños. El kirchnerismo no consiguió convencionales y envió un contingente callejero al servicio de Leopoldo Moreau. La deliberación de los 300 representantes fue pacífica, y la decisión democrática. Los perdedores aceptaron el resultado. Los radicales salieron de Gualeguaychú con una estrategia de alianzas, un candidato presidencial y algo más: un partido político.

En el mundo existen 125 democracias y sólo seis se gobiernan sin partidos: Palau, Micronesia, Kiribati, Islas Marshall, Nauru y Tuvalu. Todas tienen menos de 100.000 habitantes y están localizadas en archipiélagos desperdigados por el Pacífico. Son microestados aislados. La democracia después de los partidos aún no se inventó para países de tamaño familiar.

La representación de masas se nutre de la popularidad pero se asienta en la organización. El mérito de Macri no es el carisma ni haber presidido un club popular, sino entender que había que construir un partido para aspirar al gobierno. Como señaló María Esperanza Casullo, es la primera vez desde 1916 que un candidato presidencial con chances no viene de la UCR ni del PJ. Pero el PRO todavía está inmaduro, y su alianza con el radicalismo arriesga su consolidación institucional. La fórmula para 2015 parece clara: el radicalismo pone la estructura y se lleva los cargos legislativos y provinciales, Macri pone la intención de voto y quizás se lleve la presidencia. La diferencia es que, si falla, en 2019 seguirá habiendo UCR pero no PRO.

De los restantes partidos argentinos, el Movimiento Popular Neuquino sigue siendo provincial y el socialismo ... también. La cuestión es, entonces, qué hará el otro partido nacional. El peronismo es creativo pero reactivo. Siempre ha sido más eficiente para adaptarse a situaciones cambiantes que para moldearlas. Ante la unidad opositora, la respuesta natural es unirse también. Mal augurio para los que quisieron jugar por afuera. Pero Massa fue artífice de su propio destino cuando le sopló a los medios su encuentro reservado con el jefe del radicalismo. Decía Talleyrand que la traición es una cuestión de fechas, y el tigrense se anticipó. Para su consuelo, el PJ no tranca la puerta.

La candidatura presidencial de Ernesto Sanz no es testimonial, es paraguas. Cubre a veinticuatro candidatos a gobernador. Les permite a los líderes provinciales aprovechar a Macri para la campaña sin renegar del radicalismo nacional. Cada distrito queda en libertad para construir alianzas flexibles. Por eso, si el acuerdo UCR-PRO potencia la candidatura de Macri, debilita la estructura institucional del PRO. La política argentina sienta a los dos grandes partidos a la mesa y pone a los otros en el menú. Vienen ahora dos etapas decisivas: la negociación de las listas comunes y la competencia en las PASO. La negociación refleja la correlación de fuerzas, y el radicalismo tiene mayor peso territorial. Con un cura en cada pueblo, puede fiscalizar elecciones en caso de desacuerdo. Los radicales beben en sus fuentes krausianas cuando punzan que, si no hay fiscales rivales, volcar el padrón es un imperativo moral. Y la competencia electoral tampoco encuentra mal parada a la UCR, atrincherada en su sarcástico lema de que se pierdan mil principios pero que no se pierda la interna.

Contra una creencia arraigada, el problema de 1999 no fue la Alianza sino el radicalismo. Nadie podía pedirles a Chacho y Graciela que tuvieran equipos de gobierno. Más que el rejunte falló el diagnóstico – el de situación, no el ideológico. Hoy el partido socialdemócrata alemán es socio menor en el gobierno de Angela Merkel, porque los acuerdos sobre políticas no afectan los valores. Pero las ideologías, decía Marx, son falsa conciencia. Y excusa de perdedor.

Hace una década, Juan Carlos Torre mostró que el colapso de 2001 dejó en la orfandad partidaria sólo a la mitad de los argentinos. La otra mitad mantuvo la paternidad del peronismo. Quizás la convención radical esté indicando el regreso de la patria potestad compartida.

Andrés Malamud
Politólogo. Investigador en la Universidad de Lisboa

FUENTE:
CLARIN.COM