La UCR, el partido de la obstinada persistencia

La investigadora Ana Virginia Persello decidió asomarse a la política contemporánea recorriendo la trayectoria de uno de los partidos políticos más antiguos de Latinoamérica.

La Unión Cívica Radical es uno de los partidos de más larga trayectoria en la inestable escena política latinoamericana. Fue protagonista de logros y triunfos claves en nuestra historia, aunque durante los últimos años soportó divisiones, fracasos y derrotas que pusieron en duda su autoridad como referente opositor. Tanto es así que hasta hubo quienes anticiparon su desaparición.

Pero todo pasa, y por momentos el partido parece asumir el desafío de reubicarse como una alternativa válida para el futuro.

La investigadora Ana Virgina Persello estudió esa historia partidaria, a diferencia de muchos de sus colegas contemporáneos que prefieren desentrañar el intrincado fenómeno peronista y compartió con este diario algunas de sus conclusiones.

–El radicalismo atravesó todas las crisis de la política contemporánea argentina y logró sobrevivir. ¿Cuál es su capacidad para ser alternativa de gobierno?

–La emergencia del peronismo, en los años ’40, puso en una situación de incomodidad al radicalismo. Las banderas que los intransigentes habían comenzado a elaborar desde los años ’30 son tomadas por Perón y desde ese momento disputó con los radicales la representación de la nación y del pueblo. Ese fue un problema para la UCR a lo largo de toda su historia, hasta hoy. Sus divisiones internas tienen mucha relación con la necesidad de definir qué hacer con el peronismo, qué estrategia utilizar. Un ejemplo fue lo que ocurrió con el peronismo del período 1973-1976: en ese momento la disyuntiva radical fue entre oposición constructiva o alternativa popular.

–¿De qué manera se estableció esa discusión?

–Renovación y Cambio, la corriente de Alfonsín, planteaba la alternativa popular y Ricardo Balbín apostaba a la oposición constructiva, dos posiciones que tensionaron al radicalismo. La idea de la alternativa popular es la que desarrolló exitosamente Alfonsín en la campaña de 1983, con un partido remozado, dispuesto a ganarle la calle al peronismo y con capacidad no sólo para mantener una identidad o un discurso, sino para movilizarse y afiliar gente. Además, Alfonsín tuvo un discurso adecuado para la coyuntura. De esa manera, se convirtió en el último radical que reivindicó y reconfiguró la tradición partidaria. Hoy al radicalismo le cuesta encontrar un nuevo liderazgo y un discurso eficaz frente al kirchnerismo.

–¿Existe algo llamado “cultura radical”? ¿Cómo la define?

–Por lo menos hasta los años ’80, es decir, hasta la emergencia del alfonsinismo como un fenómeno nuevo dentro del radicalismo, una de las características del partido fue la superposición de tradiciones, es decir, la recuperación que hacen los dirigentes tanto de Leandro Alem como de Hipólito Yrigoyen, que representan dos tradiciones de pensamiento distintas y son colocadas en una misma clave de lectura. La de Alem es una tradición política liberal básicamente inspirada en la división y la descentralización del poder, mientras Yrigoyen representa al solidarismo, más preocupado por resolver los conflictos entre el capital y el trabajo. Pero esa tensión entre ambas tradiciones, en algunas coyunturas, facilitó la articulación interna.

–¿Cómo se configura esa cultura en el imaginario colectivo?

–El radicalismo está asociado a las instituciones y a la democracia pro­cedimental, que es un lugar donde ­también lo puso el peronismo. Y ­también está identificado con los sectores medios.

–¿Qué pasó tras la experiencia de Alfonsín?

–A lo largo de los años, la vocación hegemónica del radicalismo, la idea del todo, fue erosionada por el peronismo. En 1993 Jesús Rodríguez escribió un libro, Tomar partido , donde alude a la balcanización de la UCR, caracterizada por el internismo que impide la exposición de ideas hasta que encuentra un nuevo liderazgo, con el que los radicales creen que resuelven el problema. De alguna manera, el radicalismo funciona muy fogoneado cuando consigue liderazgos que lo conduzcan, fenómeno que en la actualidad no está apareciendo.

–El radicalismo está evidenciando un proceso de territorialización, tal como ocurre con el peronismo. ¿Cuál es su reflexión sobre ese fenómeno?

–Si lo seguimos históricamente, el radicalismo siempre tuvo especifici­dades en cada una de las provincias, en las que se comportó de un modo ­determinado y con liderazgos dife­rentes. Sin embargo, eso no impidió hablar de un patrón de comportamiento a nivel nacional, a partir de su forma de construcción de poder o la relación con otros partidos, independientemente de las alianzas que constituya en cada distrito.

–¿Cómo pesa simbólicamente 
en el radicalismo la experiencia 
de los sobornos en el Senado y la posterior crisis de la Alianza en el año 2001?

–De esas cosas los partidos pueden recuperarse. La dificultad para en­contrar el modo de constituirse en 
una alternativa al kirchnerismo quizás resida en que le está costando redefinirse en términos identitarios y 
de partido. Pero “la obstinada persistencia del radicalismo”, como decía Félix Luna, de alguna manera hace que se mantenga en el tablero político y no sabemos si nos puede dar una ­sorpresa.

–Al advertir las dificultades que tienen los nuevos partidos para mantenerse en el tiempo y organizar una estructura sólida en todo el país ¿cuál fue el secreto de Yrigoyen para construir un partido de alcance nacional que logró perdurar a lo largo de la historia?

–En realidad se construyó un partido moderno a partir de una metodología muy antigua, que era el boca a boca. Pero Yrigoyen no catequizó, porque su estrategia fue reunirse permanentemente con dos o tres dirigentes a los que mandaba a distintos distritos para que hablaran con el cura, con el co­misario, para que abrieran el comité. Luego empezaron a sumarse partidos menores, desprendimientos de los conservadores, liberales y autonomistas, se sumaron diversas fracciones en cada una de las provincias. Aunque esto implicó un crecimiento del aparato, la captación de militantes y una red de relaciones, para el radicalismo la situación constituyó un verdadero problema: pese a que terminó aceptando a los nuevos componentes, debía preguntarse cómo se sumaban, qué querían y cómo venían.

–¿Con qué recursos se logró armar el partido?

–Los recursos económicos, al no ­estar el radicalismo en el poder, no provenían del aparato estatal, sino de los aportes de los ricos del partido, incluso hubo gente que vendía parte de sus estancias para apoyar la causa. Según las historias que relatan las ­crónicas de época, si un comité necesitaba muebles, aparecía un afiliado y los donaba. Pero tras su primera experiencia de gobierno, la construcción de poder hacia el interior del partido se desarrolló en relación directa con la posición que fue ocupando en el Estado, lo que explica cómo pudo mantener la abstención en sus tiempos fundacionales pero no cuando se convirtió en un partido grande. Su crecimiento lo obligó a cambiar de estrategia, porque necesitaba votar para obtener los recursos estatales que permitieran reproducir su estructura.

–¿Qué pasa actualmente con el sistema de partidos en Argentina?

–La forma partido continúa aún vigente y seguirá así en la medida que los partidos seleccionen internamente a sus candidatos. Pese a que sus estructuras han tenido modificaciones y la emergencia de liderazgos se produce de otra manera, pese al rol que hoy cumplen los medios de comunicación en la política, aún no hemos encontrado otra forma de seleccionar candidatos. Las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) reafirman que la gente sigue votando por partidos, independientemente que adquieran connotaciones diferentes o que las identidades pesen menos que los posicionamientos de coyuntura o los liderazgos personales.

–¿Por dónde pasa la crisis de los partidos políticos entonces?

–A partir de los años SSRq 90 empezamos a hablar de la crisis de representación que cambió la forma de los partidos y se instaló el concepto de democracia de lo público desarrollado por Bernard Manin, basado en la espectaculari­zación de la política, el voto volátil en contraposición al voto de opinión y, fundamentalmente, los liderazgos por fuera de los partidos relacionados de manera directa con la ciudadanía, en un espacio público mediatizado. Todo esto pasó a formar parte de la discusión en torno a la crisis de las identidades partidarias y de la representación vía partidos, pero en realidad deberíamos plantearnos si se trata de una crisis o de una nueva forma que asume la representación, como ocurrió con el tránsito de la política desde el siglo 19 al 20.

FUENTE:
LAVOZ.COM.AR